sábado, 19 de diciembre de 2009

Kiss me Cap. 1

Iniciando

Primavera y por fin se encontraba con algo lindo y que lo llenaba de alegría, florecía el cerezo y el viento suave desprendía unas cuantas hojas, provocando una risilla suave en Hideto. Más alegre para continuar con la rutina de ir a la escuela, pero con el eterno semblante de quien hace lo incorrecto, se dirigió a su acostumbrada primera parada de la mañana, o sea, la pastelería. Salió de su casa no sin antes haber supervisado que no hubiese problemas en las cercanías, cual agente secreto del FBI -incluso de fondo podía escucharse la canción típica de la serie animada "Pantera Rosa", pero en versión jazz que era como lo prefería Hideto-, subiéndose a su bicicleta.

Tetsu ya le había visto: Hide subido en su bicicleta cruzaba la calle rumbo a la pastelería con ese actuar suyo sicodélico y perseguido. Nuevamente el chico había olvidado que debía recogerlo para ir juntos a la escuela. Era el precio que debía pagar por ser su tutor en la clase. Como ya le era costumbre, Tetsu colocó en sus orejas los grandes audífonos por los que se colaba una canción de los Rolling Stones y adoptó el actuar de un perseguidor, saltándose las luces rojas, esquivando a la gente y corriendo como un loco por Japón tras de Hide.

Lo tan temido para Hideto se plasmaba en realidad: tras sus pasos el aborrecible Mr. Ogawa le seguía demasiado cerca para su gusto, así que decidió hacer la mañana difícil para quienes a esas horas pasaban por la calle, y aceleró sin ningún respeto de las leyes del tránsito y sin ningún cuidado del tráfico. Lamentablemente para Hideto, Tetsuya ya había planeado su jugada; toda esa semana había estudiado lo suficiente a Hide para saber que siempre se escabullía por la misma calle, así que hoy había decidido adelantársele y seguir directo hasta esa calle. Fue por eso que Hide, al mirar atrás luego de haber escapado, no vio a Tetsu y cerró con tranquilidad los ojos para respirar profundo y tomar un descanso.

-Lo siento por ti, Takarai, pero esta vez gané yo.

Una cosa muy poco usual en Hideto era la de quedarse sin palabras, pero definitiva y simplemente esta vez tan solo se había quedado con esa expresión de sorpresa media idiota pegada a su rostro. Tal vez aún estaba demasiado agotado por todo el esfuerzo físico como para gastar aliento en articular algún tipo de expresión, pero el asunto era que se quedó unos instantes mirando como bobo la sonrisa de superioridad que proyectaba Ogawa.

-Eres muy obvio, ¿sabías? Siempre te vienes a la misma calle; la próxima vez deberás escoger otra calle como escapatoria.

-Ogawa, eso no tiene mucho sentido -Las palabras de Tetsu habían logrado sacar otras de Hide al fin-. Me gusta esta calle, además me gusta que siempre escapar, me gusta verte corriendo tras de mí, me gusta irme y que me encuentres.

-¿Sí? ¿A qué te refieres? -La atención de Tetsu era capturada por Hideto. No eran amigos, pero el tipo en cuestión le agradaba, seguro de sí mismo, aunque la confianza de los demás nunca reparase en él, muy astuto y con una increíble capacidad contestataria e irrespetuosa, un terco profesional. Un poco ególatra tal vez, pero tenía algo que les faltaba a muchos de la clase: inteligencia, una mirada que veía más allá y una sonrisa cargada de secretos que lo hacían diferente, diferente a cualquier cosa.

-De esta manera formamos un recuerdo, ¿entiendes? Un día recordaras algo así como: “Takarai siempre se olvidaba de esperarme para ir a la escuela. Entonces yo, Ogawa, siempre debía perseguirlo, pero el muy guapo siempre escapaba hasta la misma calle, a la que yo corría desesperado por encontrarme con sus ojos”. Es por eso que te puedo asegurar que mañana me dirigiré hasta esta misma calle.- Sus ojos se hipnotizaban con el medio ambiente y no dejaban a Ogawa moverse.

-Jajajajaja. Ese es un buen motivo. Lástima que tú no me parezcas guapo, le daría un plus al perseguirte.- Intenta respirar, por Dios que lo intentaba.

-Oh, bueno, dame tiempo -Contestó, guiñándole un ojo seductoramente.

-See... en fin, Hideto, debemos irnos o llegaremos tarde.- No perdería la cordura aún.

-¿Qué tal si no llegamos? -Propuso Hide.

-Dame una buena razón.- O tal vez sí.

-Mmm... -Hide se agachó hacia adelante en la bicicleta para quedar más cerca de Tetsu. Estirando su mano para alcanzar su rostro con la punta de sus dedos, le preguntó mientras le propinaba una suave caricia-: ¿Te gustaría conocer el paraíso conmigo, Ogawa? – Y quizá existen los hombres cuerdos.

~º~

Los colores eran antojadizos, exultantes, delirantes e hiperventilados. La primera impresión de la gente cuando por primera vez ponía un pie allí era aquella fuerte sensación de mareo, asfixia y luego de fundirse en todo lo que sus ojos percibían, experimentando la misma sensación de dopación. Tal vez la razón estuviese en que los estupefacientes llenaban el aire y para las personas de aquel lugar ése era el pan de cada día. Sin embargo aquella visión no era la misma para quienes ese lugar significaba su hogar.

Había gente que había nacido allí, había quienes fueron llevados muy niños y otros que un día de huída dieron con la ciudad, quedando atrapados en ella. Eran personas acostumbradas al lugar, tanto que la conocían y añoraban como cualquier otro conoce y añora su ciudad natal; aunque para quien no hubiera nacido o vivido allí la idea fuera absolutamente irrisoria. De todos modos, estas personas lograban distinguir y apreciar con gran maestría esos colores, esos olores y esos sabores que sólo aprecian las almas de carne.

Y el rojo era majestuoso y ambiguo, pudiendo fundirse con cualquier cosa, como sangre derramada e imborrable que tiñe las sábanas la primera vez, que juega con el azul en esa danza eterna entre lo perfecto y sinuoso, lo corrosivo y grotesco, celando a los amarillos y a las flores, pervirtiendo a los verdes, los violetas y los naranjas que nacían a su paso. Elegante todo era grotesco; cómplice todo era escandaloso e impuro, sucio y gastado de almas que gritaban cada noche, de aullidos vacíos; era el lugar codiciado de los ingenuos. Como la vida, como el alma misma.

~º~

Personajes irreales sacados de contexto para disfrute de los espectadores de un circo ajeno.

Los colores se confunden y ahí, en las sombras, están ellos y lloran cuando los demás se burlan y crean mundos alternos y todo es tan común que se vuelve extraño, porque las personas no saben reconocer sus propios pecados y las carcajadas resuenan aún más fuerte con ecos eternos de un ayer demasiado próximo. Entretanto los seres se acurrucan unos con otros buscando calor, no saben que nunca lo encontrarán, que no son reales, que son marionetas de entretención y extorsión, como lo es la gente de la demás gente.

Todos juegan, la inocencia se pierde al nacer, y al crecer lo único que se aprende es lujuria. El pecado es esencia y todo, absolutamente todo, es destrucción; está en la piel, en la sangre, corre caliente por nuestras venas hasta dibujar el placer en nuestros rostros, hasta hacer surgir el gemido ahogado de nuestras gargantas. Nuestra carne es la Sodoma y la Gomorra y, en consecuencia, estamos destinados a caer, pero tan pronto lo logramos alguien más ya está en pie. Somos destructores que se dejan destruir como último orgasmo intelectual, para ver colores nuevos como último capricho, para descubrir que tan malos no éramos cuando recordamos por última vez sus ojos y su sonrisa con melancolía, porque, sabemos, nunca fuimos lo suficientemente buenos para alcanzarlos o merecerlos, pero ahí estaban como anhelo palpitante. Tan malos no éramos, tan solo ya no había salvación; nos corrompemos y, antes de sacar la cuenta, es demasiado tarde: hemos tirado hasta con el colchón.

~º~

-Hola.

-Hola -Ni siquiera le miró al entrar, ni siquiera pensó sus palabras, el mismo saludo rutinario, hastiado de su presencia y siendo él el culpable, simplemente no encontraba la solución. Se sentó frente al escritorio y comenzó a revisar los papeles que tenía amontonados allí.

Hacía unos años atrás, difíciles de precisar dada la forma en que los distorsionó la lluvia, un Yukihiro unos años anacrónicos más joven arrancaba de su casa, tenía todo planeado para dejar de estar solo.

Corrió por las calles, ansioso por llegar a la estación de tren de las marionetas: un parque de diversiones abandonado y cubierto de algo que la gente llamaría magia. Se perdió rápido entre la gente para llegar a su ansiado destino; lo encontró llenó de las marionetas y mareado se dejo guiar, cruzando toda la estación para llegar a su lugar en la rueda de la fortuna, a un lado del carrusel. Yukihiro ya estaba acomodado en su lugar y mirando que el carrusel aún no partía vio pasar a una chica-marioneta por el pasillo que luego se dirigió hasta él para sujetarle con fuerza las cadenas de seguridad. Yukihiro agradeció que no se tardara en hacer su trabajo; en verdad no le gustaban las marionetas que eran tan inútiles como fuera posible ser, tan bajas como fuera posible caer, tan detestables como fuera posible serlo, y él las aborrecía y se aguantaba las nauseas pensando en el después. Definitivamente Yukihiro no sabía cómo se sentían las marionetas, cansadas de estar sostenidas por hilos y sin voluntad. Era definitivo que no lo sabía, por eso nunca se enteró de cuando la estación cerró al morir su dueño, el hombre que manejaba los hilos y que ellas fueron a dar una caja en donde hasta hoy esperan para ser usadas y obtener de alguien la utilidad y voluntad ajena por las que ellas vivían, porque las marionetas están hechas para ser movidas por otros y, aunque se cansen, no saben hacer nada más. Y tal vez Yukihiro tenía razón, las marionetas eran inútiles. ¿De qué hablarán ahora en soledad? ¿Habrán siquiera aprendido eso o esperan como rocas? Las marionetas esperarán por siempre a que alguien abra las cajas y tome los hilos; las marionetas no saben que están bajo tierra rodeadas de gusanos en las manos de su dueño; tampoco Yukihiro lo supo jamás, porque éste fue el único viaje que realizó en la estación de las marionetas.

El viaje no duró demasiado para Yukihiro, quizás para otros viajeros improvisados sí, total en este lugar el tiempo corría de un modo distinto y distorsionado; la duración del viaje depende de la persona y Yukihiro tenía prisa y muy poca atención a cualquier otro detalle.

Yukihiro había llegado a la ciudad en donde vivían los fabricantes de almas de mayor reputación en el mundo de los sueños; encontrar la casa de ellos no fue tarea complicada para Yukki, y rápidamente se encontraba en la sala de Kyo-sama, aguardando su presencia.

Kyo-sama era un fabricante de almas muy conocido por el extraño método que utilizaba en su trabajo: sus criaturas eran fabricadas de residuos de toda clase, gusanos, vómitos, sangre contaminada, etc., parecía que en cosas como aquellas, no muy agradables, se encontraba verdadera esencia de vida, porque sus creaciones eran magnificas e incomparables. Cierto que era irónico, para parecerse a un humano bastaba llenarse de basura, era como una metáfora burlesca hacia Dios. Kyo-sama era un monstruo para muchos y muchos otros no le creían real y así era admirado y aborrecido y no aceptado por sus pares fabricantes, sin embargo, nunca pudieron con sus gritos y Yukihiro había oído hablar de él una tarde en el parque, quedando tan fascinado que rápidamente se encargó de averiguar todos los mitos que circulaban alrededor de sus creaciones. Se decía de las creaciones de Kyo-sama que éstas adquirían un aspecto atrayente especial, dependiendo de la persona que le mandase fabricar, y que éstos parecían verdaderos humanos, ya no máquinas acostumbradas al bien. Eran seres con defectos que los hacían perfectos y eran únicos para cada persona que contratase sus servicios. Si alguien hubiese conocido a Yukihiro hubiese visto un brillo diferente en sus ojos al enterarse de los talentos de Kyo, si alguien lo hubiese conocido de verdad lo habría alentado a buscar a Kyo, pero si solo alguien lo hubiese querido lo habría protegido de la que sería su desgracia, desafortunadamente la vida pasa y a algunas personas, tal vez a las más importantes, les cosemos la boca, le sacamos una pierna, les dejamos abiertos los ojos con pegamento y le colocamos hilos en la espalda para arrojarlas al armario…como marionetas.

~º~

-¿Hacia dónde se supone que me llevas?

-¿Tienes miedo, Ogawa?

-¡Ja! Claro que no, pero estaría más tranquilo si supiese adónde nos dirigimos.

Hideto guiaba a Tetsu a través de calles desiertas y apacibles. Hide conocía aquellas calles muy bien y sabía que nadie de la preparatoria les vería por ahí.

-Al paraíso, pero antes llegaremos a mi casa para dejar mi bicicleta y buscar algunas cosas que nos serán necesarias -Hide volvía a actuar cual agente del FBI, hablando bajito y recorriendo con la vista seriamente el lugar antes de dar cualquier paso.

-En verdad que eres raro, además ¿no estará tu madre en tu casa? -A Tetsu le parecía extraño que, comportándose como un agente secreto que no debía ser visto, Hide le llevase a un lugar tan obvio y pensó que más raro era aquello del “paraíso”, pero decidió callar y ese fue el inicio de muchos otros silencios.

-¡Ja! Nop, y ya llegamos -Hide le indicaba su casa a Tetsu al tiempo que abría la puerta y dejaba toda su postura de infiltrado para dar paso a una más infantil y despreocupada, invitándole a pasar, porque él era así, de múltiples formas.

“Un tipo extraño que encuentra en su hogar un lugar seguro.”

Tetsu estaba realmente maravillado. La casa se encontraba en la esquina de un pasaje cerrado lleno de árboles y de casas apacibles y bellas. Una de ellas era la de Hideto, con una entrada de cuento, un árbol en un rincón y un asiento de parque bajo su sombra, con un jardín aún más bello que formaba un laberinto. Pero aquello no era lo que más sorprendía a Tetsu; más bien era toda la atmósfera del lugar, compuesta de un silencio ensordecedor y misterioso, es decir, un lugar que llevaba el aroma de Hideto en el aire.

-¿Te quedarás con esa cara de bobo mucho tiempo más o ya te decidiste a entrar? -Hide miraba a Tetsu desde el umbral de la casa con una suave sonrisa en su rostro.

-Ya voy -Respondió, agregando una expresión de enfado.

El interior no se diferenciaba mucho de una casa común y cualquiera de Japón, de no ser por el refinado gusto del amoblado y de la leve devoción al cine que existía en la decoración. Tetsu no sabría precisar cuándo fue que saco sus ojos del cuadro que se encontraba a mitad de las escaleras en el cual dos mujeres hacían el amor mientras se desangraban y escupían sus tripas por la boca, pero el asunto es que lo había hecho y había logrado terminar de subir la asfixiante escalera espiral e ingresado en el cuarto de Hide, invadiéndole una ola de colores.

-¿Estás bien? -Hideto sostenía el cuerpo de Tetsuya entre sus brazos.

-Creo... ¿Y los colores? -Tetsu intentaba encontrarlos en cualquier rincón de la habitación y miraba hacia todos lados. Recién le habían atacado, pero no les encontraba; aquella habitación era tan normal como lo pudiese ser la habitación de cualquier chico a los diecisiete años. Era tan solo que Tetsu nunca observó el techo.

-Sólo te desmayaste.

-Ah... ya no hay colores -Parecía hablar más para sí mismo que para Hide, quien ya no sentía ninguna preocupación por Tetsu y ya le había soltado, sentándole en el suelo.

Era curioso. Por primera vez alguien notaba los colores. Tal vez fuese la primera vez y como en todos, el mareo se hizo presente, pero éste hecho sólo acrecentaba el deseo de Hide de mostrarle la ciudad. Notaba en Tetsu algo distinto a los demás y necesitaba comprobarlo. Registraba sus propios cajones en busca de las cosas que necesitarían y miró de reojo a Tetsu. Éste seguía en la misma posición en que le habían dejado, pero ahora llevaba una suave sonrisa soñadora en el rostro, era definitivamente el último impulso que necesitaba Hide. Si Tetsu demostraba ser distinto sería la última pieza que él y Ken necesitasen... Ken. Había pasado demasiado de la última vez. Hideto sonrió para sí, guardando todo lo recolectado en una mochila y dirigiéndose a Tetsu para tomarle la mano y literalmente arrastrarlo fuera de la habitación. Ya sabía él que el entontamiento podía durar un buen tiempo y él estaba demasiado impaciente.

~º~

Dos cuerpos se movían a un ritmo constante bajo las mantas, jadeaban grave y sudaban sexo; un último grito y las horas de trabajo de la mañana ya habían terminado para Ken. Los hombres se separaron, quedando uno al lado del otro, pero Ken no gustaba que el tiempo de descanso junto a sus clientes se prolongara demasiado, y tomando el último gran sorbo de aire, se incorporó en la cama. Demasiado sexo, demasiado placer. Una buena mañana, Ken restregaba sus ojos, para recobrar lo último de energía y una mano fría acariciaba suavemente su espalda, provocando la queja en Ken.

-Se acabó el sexo, se acabaron las caricias y ya sabes, le pagas a la jovencita en la salida -Ken odiaba ese tipo de clientes que esperaban que él fuese su novia y los acurrucase, acariciase y hablara suave terminado el coito. Eran tipos que no entendían la magnificencia de la ciudad, todo lo que ella les entregaba. No entendían del todo el placer y recurrían a ella buscando amor que se pagase. Eran tipos patéticos y con él era diferente, a él se le pagaba por el placer, lo demás eran tan solo inventos humanos que no cabían en una ciudad tan perfecta.

-Está bien, cariño – Un hombre de vida perfecta, casado con una mujer perfecta, con un trabajo perfecto, una hija perfecta y una casa perfecta; aún buscaba el amor y aún esperaba que llegase de parte de Ken, por lo que nunca entendía de qué se trataba realmente el duro trato que éste le propinaba. Era un perdido entre las ánimas, destinado a ser un zombi. Se vistió y se acercó a Ken, que estaba sentado en la cama con su cuerpo aún desnudo, fumando un cigarro, para besarle en los labios; pero lo único que recibió a cambio fue una fuerte bofetada. Aún así, sonrió y salió de allí.

-Idiota -Murmuró Ken, apagando el cigarro y levantándose en dirección a la ducha.

~º~

Las almas destructoras de otras almas no cesan en su trabajo, no se cansan de su rutina, no se preocupan del por qué; las almas destructoras de otras almas hacen su trabajo en silencio para no despertar a su víctima, pero muchas veces las almas destructoras de otras almas tampoco saben de su trabajo. Y todos los días cae la noche e inconscientemente todas se preparan para el disfrute de mañana y pocas se quejarían alguna vez. Es que en la ciudad de la lujuria y el pecado todos están demasiado fascinados con los colores; tanto, que son pocos los que tienen verdadera conciencia de en qué consiste el juego, de que mañana las víctimas pueden ser ellos.